martes, 4 de agosto de 2026

¿Quién eres?

A veces creo que mi problema es que tengo demasiado cerebro. No lo digo de manera pretenciosa ni porque me crea especialmente inteligente, sino en el sentido de que, cuando algo me duele, mi primera reacción no es sentirlo, es pensarlo. Mi corteza prefrontal entra en escena con una eficiencia casi obscena: se pone a trabajar, busca causas, antecedentes, patrones, explicaciones, contradicciones, hace conexiones, revisa conversaciones, reinterpreta gestos, construye hipótesis, intenta encontrar el punto exacto en el que todo empezó a torcerse.

Durante un rato funciona, o al menos parece que funciona, porque mientras estoy pensando no estoy exactamente sintiendo. Es una especie de procrastinación emocional, una forma bastante sofisticada de decirme que me estoy ocupando de lo que me pasa mientras, en realidad, estoy consiguiendo no estar del todo dentro de lo que me pasa.

Me digo que necesito entenderlo, que si encuentro la explicación correcta, si consigo ordenar suficientemente bien las piezas, entonces la emoción tendrá que ceder...pero rara vez cede. Puedo entender perfectamente por qué estoy triste y seguir estando triste, puedo saber que una reacción mía viene de un miedo antiguo y seguir teniendo miedo, puedo reconocer que estoy interpretando algo de manera desproporcionada y, aun así, sentirlo como si fuera absolutamente cierto. Entonces me enfado, porque, joder, ¿qué más tengo que entender?

Cuando todo empieza a apagarse, cuando ya no quedan demasiadas cosas que hacer y el día se queda sin ruido, aparece una especie de vacío que no sé muy bien cómo soportar. No sé si es miedo a estar sola, miedo a estar conmigo misma o simplemente miedo a ese momento en el que ya no queda nada que mirar excepto hacia dentro.

Mi cabeza, entonces, se rebela; como si intuyera que toca desconectar, decide hacer exactamente lo contrario: un hiperfoco. Cualquier cosa sirve, un tema, una idea, una pregunta absurda, una investigación que no necesito hacer, una conversación que ocurrió hace semanas, una cuestión que de repente parece importantísima. Da igual, mientras haya algo que pensar, todavía no tengo que quedarme conmigo. Cuanto más cansada estoy, además, más difícil resulta detenerlo. La racionalidad se convierte entonces en una especie de refugio extraño. No es tranquila, no es necesariamente agradable, muchas veces está llena de ansiedad, pero es conocida. Al fin y al cabo, pensar es más fácil que sentir, así que pienso, sigo pensando, no dejo de pensar.

Mientras tanto, la otra parte de mí (esa que no razona, que simplemente está) no desaparece; se queda ahí. Al principio es algo pequeño: una incomodidad difusa, una tristeza pequeña, algo en el pecho, una especie de tensión que no sé nombrar. Pero crece, igual que crece mi cabeza, hasta que las dos dimensiones van ocupando cada vez más espacio, como dos gigantes que no saben que están peleando por el mismo territorio.

La razón intenta poner orden; la emoción intenta existir...la razón responde con otra explicación; la emoción insiste. Llega un momento en que ya no sé si estoy pensando para entender lo que siento o para no sentirlo.

Supongo que ahí está la trampa: que puedo pasar horas hablando conmigo misma sin haberme escuchado realmente. Lo que la cabeza no resuelve, empieza a pasar factura en forma de dolor sordo, difícil de localizar, como una especie de agotamiento que no es solamente cansancio, porque ya llevo demasiado tiempo sosteniendo a esos dos gigantes que no caben simultáneamente dentro de mí. Entonces algo colapsa. A veces lloro, a veces me pongo furiosa, a veces simplemente siento que no puedo más con mi propia existencia. Lo más absurdo es que, llegados a ese punto, una parte de mí sigue intentando entender qué coño está pasando, como si incluso el colapso tuviera que ser explicado, como si no pudiera limitarme a estar mal, como si hasta para derrumbarme necesitara una teoría.

Quizá eso sea lo que más rabia me da: que sé perfectamente que pensar no siempre me salva, que puedo utilizar mi mente para alejarme de mí misma con una precisión casi quirúrgica, que puedo convertir una emoción en un problema, un problema en una pregunta, una pregunta en una investigación y una investigación en horas de hiperfoco. Sé que puedo hacerlo y aun sabiéndolo, muchas veces vuelvo a hacerlo. Porque cuando llega la noche y todo se calla, todavía existe esa posibilidad que me resulta mucho más difícil de soportar: quedarme conmigo.

jueves, 4 de septiembre de 2025

Pensamiento desorganizado.

Se acerca el curso MIR y yo lo espero con la ilusión de un reo que estrena la silla eléctrica. Después de seis años de carrera infumable (más el máster encubierto llamado academia), una se pregunta qué clase de persona en su sano juicio firma voluntariamente un contrato con jornadas de 70 horas por menos de 2000 euros. Ni Ghost Rider, que vendió su alma al diablo, se sacrificaría por semejante mierda.

Mi abuela paterna, en sus últimos días en el hospital solía repetir: En qué lío me he metido. La pobre no eligió su destino, pero yo sí. Así que ni siquiera tengo derecho a quejarme… salvo que intente mover una pieza del tablero para cambiar las circunstancias, aunque sea para perder con algo más de estilo.

Ojalá la vida viniera con una de esas pizarras mágicas de la infancia: pintabas todo de negro, pasabas el borrador y voilà, borrón y cuenta nueva. Pero no, aquí la tinta es indeleble: cada error deja grietas. A veces se arreglan con masilla, otras con celofán, y en el mejor de los casos con cinta americana, que al menos da la sensación de que aguanta. Eso ha sido para mí la música en la vida, una perfecta cinta americana.

A menudo me pregunto  en qué momento se convirtió en mi salvavidas. ¿Fue en mis primeros balbuceos en la cuna, con el Adagio de Albinoni sonando de fondo? ¿O en aquellos inviernos de los noventa, cuando aún llevaba unas zapatillas mostosas con forma de perro azul y saltaba al ritmo de Walk of Life… o del disco Lo que nunca muere del Consorcio?. Parece que fue ayer cuando mi padre apareció con el Stiff Upper Lip recién salido del horno, y empezaron a sonar por toda la casa esos riffs electrizantes que daban nombre al disco. A mi madre nunca le hizo gracia que me pusiera AC/DC: ella era más de Antonio Flores y Luz Casal, pero por aquellos tiempos en mi corazón de niña había hueco para todos los estilos, aunque con el paso de los años el aforo empezó a limitarse.

La historia se torció cuando personas del sexo opuesto comenzaron a envenenar mis pensamientos. Entonces, algunas canciones se transformaron en un refugio amargo,  algo así como un contenedor de emociones agridulces y secretos inconfesables. Siempre sentí que no era del todo merecedora del cariño de nadie y, como buena fracasada, pasaba mis tardes de verano revolcándome en la miseria que mi propia mente inventaba, autocompadeciéndome por un supuesto amor no correspondido. Ahí entraron en juego The End of This Chapter de Sonata Arctica, Onpu no Tegami de Miyavi (muy internacional, sí) y varios temas de Anathema como One Last Goodbye o Ariel, por citar solo algunos ejemplos.

Ahora parece ser que le ha tocado el turno a uno de los discos de McAuley Schenker Group. Y no sé si seguir escuchándolo… o ensartarme el tímpano y la cóclea con un destornillador.

martes, 2 de septiembre de 2025

Que te den, Bupropión.

Para qué quiero asomarme al abismo de tu mente…

Apunto con la linterna y aún no distingo si son mariposas o murciélagos las misteriosas criaturas que revolotean por mi estómago. Podría abrir la boca y dejarlas escapar en torbellino como hacía el coprotagonista de La Milla Verde, pero temo que la idea no salga bien y acaben formando una nube a mi alrededor. Quizás la gastroenteritis de la semana pasada era un mal presagio.

domingo, 21 de abril de 2024

miércoles, 28 de febrero de 2024

Mi límite es el cielo.

Saltaré por la azotea colgado de la estrella más brillante de todo el firmamento y con la punta de mis dedos, trazaré una estela de purpurina a lo largo del trayecto. Inspiraré profundamente, me pondré de puntillas para ser más ligero que una pluma y volaré hacia lo más alto del espacio dando volteretas en un remolino de polvo cósmico. Allí, espíritus celestiales que todo iluminan acudirán a mi encuentro. En ese preciso instante, justo en el centro del infinito, los sonidos de la Tierra no serán más que murmullos de recuerdos lejanos y ya no habrá dolor.

♫ Aníron - Enya

miércoles, 3 de mayo de 2023

Reflejarán.

Para qué quiero asomarme al abismo de tu mente, si voy a contemplar con vértigo la maravilla de paisaje, encerrada en mi jaula y con plumas creciendo en mi espalda. 

Para qué asomarme al abismo de tu mente y ver a lo lejos, estrellas brillando con luz del pasado en un presente ilusorio, oscuro e inerte. 

Para qué observar curiosa a través de la cerradura tu mundo interior inmenso, si la llave que abre esa puerta quedó atrapada en algún instante del tiempo


"All these words that I left unspoken
I will say when I meet you again
I see you but I can′t feel your presence
I feel you but you′re fading away

Let it all wither...
Let it all wither and let it go"

jueves, 29 de diciembre de 2022

Fuera de servicio.

La película terminaba con Balto abrazando a las dos partes de su naturaleza: la del perro y la del lobo. Yo me siento en el mismo limbo que él pero aullando a una luna fuera de servicio y sin auroras boreales que anuncien la vuelta al hogar. 

A veces me abrazo a mí misma en un arranque de autocompasión y fantaseo con interactuar con la niña alegre de mi pasado para decirle lo increíblemente única que me parece. Inmediatamente después me miro en el espejo y la imagen del presente me devuelve un sentimiento de fracaso y desolación total fruto de una vida desquiciada y desgastada. Justo en ese instante, aunque no quiera, aflora en mi mente como un germen aquel video de los suburbios de internet en donde once miembros de una familia hindú mueren ahorcados en el techo de su salón como consecuencia de una especie de ritual desarrollado por ellos mismos.

"...entonces es verdad que estoy loco, entonces soy efectivamente el lobo estepario que tantas veces me he llamado, la bestia descarriada en un mundo que le es extraño e incomprensible, que ya no encuentra ni su hogar, ni su ambiente, ni su alimento". - Hermann Hesse

El Chico (Borradores 2014).

Parecía increíble, pero pese a todos mis esfuerzos por evitarlo haciendo un repaso de las distintas técnicas de relajación, pocas veces en la vida había alcanzado tales niveles de nerviosismo. Él no miraba jamás a la cara, y eso en cierto modo hacía el proceso más sencillo a la par que complicado: Por un lado, no estaba expuesta a unos ojos expectantes a la espera de que yo, con mi torpeza singular fuese capaz de verbalizar alguna oración con sentido, pero por otro, su mirada huidiza e inquieta situaba a El Chico en otro planeta muy lejos de aquí en donde la comunicación podría llegar con ciertas interferencias. En cualquier caso, me armé de valor y con un hilito de voz casi inaudible le dije “Voy a echarte de menos”. No obtuve respuesta, El Chico no hablaba, pero de alguna manera yo percibía que él estaba contento con mi compañía, haciéndome partícipe de la tranquilidad y el silencio del momento, que me animaba incluso a entonar algunas cancioncillas mientras balanceaba sus manos al ritmo de la melodía.

Siempre fui soñadora, imaginando mil y una alternativas paralelas a una realidad tangible que poco o nada tenían que ver con ella. “Complejo de exclusividad” lo denominó un compañero de clase, perteneciente como yo, al colectivo de quasi psicólogos de la universidad. Pero lo cierto es que por alguna razón, El Chico me hacía sentir especial, envolviéndome en una complicidad difícil de determinar pero presente en el ambiente, en cada uno de sus silbidos sordos, o en la manera en que zarandeaba la cabeza cuando escuchaba alguna melodía pegadiza mientras exclamaba con una voz aguda y cómica  “¡Piru, piru, piru!”.