A veces creo que mi problema es que tengo demasiado cerebro. No lo digo de manera pretenciosa ni porque me crea especialmente inteligente, sino en el sentido de que, cuando algo me duele, mi primera reacción no es sentirlo, es pensarlo. Mi corteza prefrontal entra en escena con una eficiencia casi obscena: se pone a trabajar, busca causas, antecedentes, patrones, explicaciones, contradicciones, hace conexiones, revisa conversaciones, reinterpreta gestos, construye hipótesis, intenta encontrar el punto exacto en el que todo empezó a torcerse.
Durante un rato funciona, o al menos parece que funciona, porque mientras estoy pensando no estoy exactamente sintiendo. Es una especie de procrastinación emocional, una forma bastante sofisticada de decirme que me estoy ocupando de lo que me pasa mientras, en realidad, estoy consiguiendo no estar del todo dentro de lo que me pasa.
Me digo que necesito entenderlo, que si encuentro la explicación correcta, si consigo ordenar suficientemente bien las piezas, entonces la emoción tendrá que ceder...pero rara vez cede. Puedo entender perfectamente por qué estoy triste y seguir estando triste, puedo saber que una reacción mía viene de un miedo antiguo y seguir teniendo miedo, puedo reconocer que estoy interpretando algo de manera desproporcionada y, aun así, sentirlo como si fuera absolutamente cierto. Entonces me enfado, porque, joder, ¿qué más tengo que entender?
Cuando todo empieza a apagarse, cuando ya no quedan demasiadas cosas que hacer y el día se queda sin ruido, aparece una especie de vacío que no sé muy bien cómo soportar. No sé si es miedo a estar sola, miedo a estar conmigo misma o simplemente miedo a ese momento en el que ya no queda nada que mirar excepto hacia dentro.
Mi cabeza, entonces, se rebela; como si intuyera que toca desconectar, decide hacer exactamente lo contrario: un hiperfoco. Cualquier cosa sirve, un tema, una idea, una pregunta absurda, una investigación que no necesito hacer, una conversación que ocurrió hace semanas, una cuestión que de repente parece importantísima. Da igual, mientras haya algo que pensar, todavía no tengo que quedarme conmigo. Cuanto más cansada estoy, además, más difícil resulta detenerlo. La racionalidad se convierte entonces en una especie de refugio extraño. No es tranquila, no es necesariamente agradable, muchas veces está llena de ansiedad, pero es conocida. Al fin y al cabo, pensar es más fácil que sentir, así que pienso, sigo pensando, no dejo de pensar.
Mientras tanto, la otra parte de mí (esa que no razona, que simplemente está) no desaparece; se queda ahí. Al principio es algo pequeño: una incomodidad difusa, una tristeza pequeña, algo en el pecho, una especie de tensión que no sé nombrar. Pero crece, igual que crece mi cabeza, hasta que las dos dimensiones van ocupando cada vez más espacio, como dos gigantes que no saben que están peleando por el mismo territorio.
La razón intenta poner orden; la emoción intenta existir...la razón responde con otra explicación; la emoción insiste. Llega un momento en que ya no sé si estoy pensando para entender lo que siento o para no sentirlo.
Supongo que ahí está la trampa: que puedo pasar horas hablando conmigo misma sin haberme escuchado realmente. Lo que la cabeza no resuelve, empieza a pasar factura en forma de dolor sordo, difícil de localizar, como una especie de agotamiento que no es solamente cansancio, porque ya llevo demasiado tiempo sosteniendo a esos dos gigantes que no caben simultáneamente dentro de mí. Entonces algo colapsa. A veces lloro, a veces me pongo furiosa, a veces simplemente siento que no puedo más con mi propia existencia. Lo más absurdo es que, llegados a ese punto, una parte de mí sigue intentando entender qué coño está pasando, como si incluso el colapso tuviera que ser explicado, como si no pudiera limitarme a estar mal, como si hasta para derrumbarme necesitara una teoría.
Quizá eso sea lo que más rabia me da: que sé perfectamente que pensar no siempre me salva, que puedo utilizar mi mente para alejarme de mí misma con una precisión casi quirúrgica, que puedo convertir una emoción en un problema, un problema en una pregunta, una pregunta en una investigación y una investigación en horas de hiperfoco. Sé que puedo hacerlo y aun sabiéndolo, muchas veces vuelvo a hacerlo. Porque cuando llega la noche y todo se calla, todavía existe esa posibilidad que me resulta mucho más difícil de soportar: quedarme conmigo.









