viernes, 16 de enero de 2026

Salsa de soja.

Imaginé a Dios no como un juez ni como un arquitecto, sino como el dueño de una cocina inmensa; un espacio antiguo, con vapor en el aire y marmitas alineadas como nebulosas en ebullición. Cada una contenía una sopa fundamental: el principio activo de lo que luego llamaríamos vida. Sus súbditos se encargaban de servirla. Uno a uno, con cucharones hondos, iban extrayendo porciones exactas, medidas con una precisión que no admitía error. Cada cucharón era una conciencia y cada marmita, un linaje de espíritus. 

En un rincón, casi olvidada, había una olla distinta. No hervía ya con el mismo ímpetu. En la etiqueta, escrita con una caligrafía antigua, podía leerse: “Fecha de uso preferente...”. Alguien la señaló con desdén: —Esta partida ya ha pasado la fecha. Habrá que desecharla. Pero otro se detuvo, leyó con atención y dudó. —No dice caducado, solo preferente. Se encogió de hombros. —Han sido solo unos días… aún servirá. 

Y entonces ocurrió lo imprevisto: de aquella misma sustancia se extrajeron dos cucharones. No eran idénticos, ni estaban destinados al mismo lugar, pero nacieron del mismo fondo, de la misma sopa primordial.

Después, el mundo hizo su trabajo: la genética, el azar, el entorno y el roce con otros fuegos. Cada uno desarrolló sus matices, sus grietas y sus manías. Como las estrellas de mar que se fragmentan y, sin dejar de ser, empiezan a ser otras.

A veces pienso que por eso hay personas que no se sienten nuevas cuando se encuentran. No se conocen: se reconocen. Como si, en algún punto anterior al tiempo, hubieran sido una sola cosa servida dos veces… de la olla caducada. Tal vez por eso siempre parece que estamos un poco torcidos, como si el fabricante se hubiera quedado sin paciencia justo al final de la receta. Y aun así, los que venimos de la misma partida medio pasada nos entendemos. Nos vemos reflejados unos en otros, y hay algo ridículamente reconfortante en eso: un club secreto de productos imperfectos que, contra todo pronóstico, todavía funcionan… más o menos.

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